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De repente Eva

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La luz al final del túnel resultaron ser sus ojos.
Verdes como las primaveras de mi infancia.
Como en un truco de magia
apareció de la nada más absoluta
y antes de la tercera copa
lo cual es muy importante.
Dice Lucía
que antes de la segunda copa
se está demasiado sobrio
para contemplar verdades absolutas
y después de la cuarta
demasiado ebrio para creértelas.
Se apoyó en la barra
y pidió una bebida de esas
que necesita un traductor.
Supongo que debí mirarla
como miran los perros de la tiendas de animales
a los niños que golpean el cristal,
porque ella al instante me acarició con los ojos.
Luego, como en un suspiro, dijo «Eva»
y yo mordí la manzana.

Intuyo que lo primero que dije,
fue alguna estupidez sobre el clima,
sólo recuerdo que ella se quitó el abrigo
y se hizo el verano de repente.

«Donde se acaba tu escote
comienzan mis sueños»,
escribí en algún lugar de mi memoria
observando de reojo el atajo
que te lleva del deseo al mismo orgasmo
sin pasar ni siquiera por los besos.

No me acordé de ti mientras me contaba
que jamás había acabado una dieta,
que si no fuera por el espejo
ni siquiera creería en el amor,
que le gustaban todos los animales
menos su ex novio,
que a veces hablaba demasiado
porque la asustaba el silencio,
o que su canción preferida
era imposible bailarla.

No pensé en ti ni un segundo
mientras marcaba de rojo el borde de las copas,
tampoco en ese momento en que se ajustó el vestido
para gritarle al mundo que al morbo
le queda pequeña la talla treinta y ocho.

Ni rastro de ti mientras se recogía el pelo.
En cada cruce de piernas
había un eclipse de luna,
en cada risa un pecado,
entre sus brazos el futuro,
bajo su lengua mi vida.

Era tanta tu ausencia en sus ojos,
que hasta quise querer sin quererte
y hasta amé sin amarte siquiera
y aprendí que aprender a olvidarte
es igual que enterrar el pasado.

Un ¿Nos vemos mañana en mis labios?
que no era siquiera pregunta
y ese que soltaste al instante
que sonaba a la vez a promesa,
fue quien trajo tu nombre a la barra,
tu cintura a los sueños dormidos,
tu canción a este baile de sombras,
tu París a mi barrio de mierda.

Y entonces sí,
claro que pensé en ti
por si ella hacía como tú
y no volvía.

Ernesto Pérez Vallejo

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